Ofrece una mirada acerca de cómo la historia ha sido recogida por el cine, en especial, la resistencia a la esclavitud, a partir del análisis de cinco filmes: Espartaco, de Stanley Kubrick; Queimada, de Gillo Pontecorvo; La última cena, de Tomás Gutiérez Alea; Amistad, de Steven Spielberg; y Beloved, de Jonathan Demme, los cuales constituyen fuentes para “experimentos de pensamiento” sobre el pasado, al tiempo que subrayan la importancia de la continuidad de la familia en la lucha contra la esclavitud.
Zunzún Pérez revoloteaba desesperado por la orilla del río, con la lengua afuera, los ojos botados y las alas como ventilador. —¡Alguien tiene que resolver esto! —¡Con este relajo no hay quién trabaje! Tanto suplicó y se quejó el verdiazul, que en una de esas del agua asomó una cabeza calva seguida de un cuello largo. Don Jicoteo estaba más sorprendido que enojado de que alguien se atreviera a despetarlo tan temprano...
Cuando nació no era más que una pelotica de pelos con unos bigoticos laaaargos. Fue el último de cinco hermanos, por eso papá gato y mamá gata casi se vuelven locos para ponerles nombre. Mientras mamás se ocupaba de bañarlos y darles su primera toma de leche, papá pensó y pensó hasta que se le ocurrió un truco para nombrar a sus pequeños: ¡los ordenaría como las letras del alfabeto!
El deslinde de los estratos de significación del término cultura (burguesa, de élite, de masa), deliberadamente enajenados de sus esencias profundas por la manipulación capitalista, constituye una notable empresa de este título.
Perfilar las fronteras entre ellos, desde la perspectiva del espacio de autenticidad que es la cultura popular, lanza un desafío a la conciencia social, abriéndole un camino de comprensión sobre las implicaciones reales de una terminología elaborada desde los centros de poder para anular y suplantar a la cultura auténtica, que es la creada «por el pueblo, por las clases bajas o subalternas», al decir de Adolfo Colombres.
Se trata de una reflexión sobre la cultura popular y la posibilidad de teorizarla desde la perspectiva crítica y emancipadora de las capas sociales subalternas, con el propósito fundamental de «dimensionar las expresiones artísticas del pueblo» frente a los intentos de sustituirlas por una literatura «para el pueblo». Como parte de los complejos procesos que condicionan la cultura popular, se abordan temas como el lenguaje y el sistema de la oralidad, las especificidades teóricas de la cultura en Nuestra América, el papel de los medios de comunicación, el folklore, las políticas y estrategias sociales, la diversidad cultural, la dialéctica entre identidad y globalización, y otros tópicos que problematizan la visión que sobre estos temas pretenden imponer los discursos hegemónicos.
Este volumen recoge la mayor parte de los trabajos que Eduardo Manet publicó, entre 1960 y 1966, en la revista Cine Cubano. En ellos dejó un registro crítico que se distingue por su seriedad, su profesionalismo y su coherencia. Actitudes como el paternalismo tolerante, el insulto, las posiciones dogmáticas, la autosuficiencia y la obviedad quedan excluidas de una actividad que él realizó de modo sistemático y disciplinado y que asumió con método y rigor.
Es lúcido, analítico, independiente en sus opiniones y amplio en sus gustos y escribe con criterio y fundamento. Posee amplios conocimientos y los combina con una conveniente dosis de pasión. Sus textos denotan además un conocimiento cabal del importante papel que cumple el crítico, como intermediario entre la producción cinematográfica y el espectador. Leídas varias décadas después de que se publicaran, estas páginas críticas suman el placer de su lectura, pues constituyen un buen ejemplo de claridad e inteligencia. Parafraseando a André Bazin, se puede afirmar que los textos de Manet son el resultado de escribir sobre aquello que se admira.
Las miradas del cuerpo –cuerpo advertido, visto, entrevisto– instauran e implantan el acto de percibir, acechar y descubrir el cuerpo desde una o varias conjeturas en torno a lo que el cuerpo podría o querría ser. Dentro de los límites del encuadre cinematográfico, el cuerpo queda avistado, examinado y metamorfoseado en virtud del ejercicio de ver, que es, ya se sabe, uno de los más engañosos que existen.
De ahí que el ojo, un dispositivo recluso y libre –gracias a la cultura, la experiencia del sujeto y la tecnología–, devenga ojo absorto. En cierta medida anclado en un libro anterior, Sexo de cine, Alberto Garrandés consigue en El ojo absorto andar y desandar el sendero que va desde ciertas poéticas audiovisuales del cuerpo hasta un conjunto selecto de relatos fílmicos donde el cuerpo es, deliberadamente o no, eje, objeto pensado y metáfora de sí mismo.
De historietas y animaciones: la vida de Juan Padrón es un recorrido cronológico y crítico de la obra de uno de los artistas del humor y la comunicación más grandes de Cuba. Trabajar junto a Padroncito por más de cuarenta años ha permitido al autor de estas páginas vivir de cerca sus historias, enseñanzas y proyecciones, y ser parte del proceso creativo de su mundo intelectual y cultural, experiencia que ha sabido reconstruir con meticulosidad y agradecimiento.
Acercarse a la figura mítica de Juan, como expresa Silvio Rodríguez en la apertura de este libro, es reconocer que «la historietística cubana y nuestro cine de animación tendrán la huella eterna de uno de los talentos más rotundos del humor gráfico de todos los tiempos. Y es que pocos artistas logran sintetizar la identidad de un pueblo como la obra de Juan Manuel Padrón Blanco».
A más de diez años de la muerte de Rufo Caballero, uno puede leer sus argumentaciones y darse cuenta de cuán proteica fue su personalidad creativa, observada como un compuesto de lucidez emocional, sagacidad analítica y comunicabilidad movilizadora. Si algo, además del cine, sirve para unificar los textos que conforman Nadie es perfecto, tendríamos que pensar de inmediato en la limpieza –de la mirada, del juicio, del entusiasmo– con que Rufo Caballero se aproxima a la formidable tentación de compartir la experiencia de lo bello, de lo singular y de lo que, en el territorio del arte, puede resultar conmovedor. ¿Cómo festejar estos textos, cómo tolerarlos, cómo disentir de ellos? Con el agradecimiento que inspiran la complacencia desde donde fueron escritos y la pasión que subyace en el remolino de sus ideas. Rufo Caballero, un Maestro como si tal cosa, ya se ha hecho diverso. No temió al trastorno de la complejidad, amó la sinceridad del laberinto, insistió en las verdades que brotan de él y lo explicó de manera que pudiésemos pasearnos por sus corredores. Hizo, en suma, lo que hace un auténtico humanista: condenar la mezquindad, subrayar la grandeza, revelar el misterio.